+ Columna de Eduardo Coronel Chiu, escrita en Diario AZ Xalapa y Veracruz
Zona Centro
Eduardo Coronel Chiu - 2016-09-02
No fue ayer el día del Presidente (no lo es desde hace tiempo), quedó atrás el culto cortesano al gobernante, la monolítica devoción de la clase política a su jerarca, sin nostalgia el presidencialismo mexicano no es lo que era antes; pero sigue siendo el día de la propaganda presidencial.
El estilo ha cambiado, se modifica el rito en torno al Presidente de la República, pieza central aunque disminuida del sistema político que no deja de ser por definición presidencialista.
Al Cuarto Informe, Enrique Peña Nieto estrena un formato más light, para la fecha en que debe entregar al Congreso de la Unión un informe sobre el estado que guarda la administración del país.
El despliegue publicitario tiene varias formas; combina el cumplimiento de la forma de entrega al Congreso que sólo le pide el envío de un documento, con mensaje grabado y show televisivo nocturno.
Sale del paso de la obligación constitucional remitiendo un volumen de 700 páginas de rollo por medio de su secretario de Gobernación a la oficialía de partes, mientras en el Congreso los grupos legislativos se desgreñan y sólo lo defiende, por el PRI, la hija de Beltrones.
En lo personal, el presidente se refugia en ambientes más amables. Por un lado, mensaje grabado y televisado a la nación audiovisual, de corte auto complaciente, oculto el telepromter que le sopla qué decir con énfasis en pretendidos logros, la reforma educativa (no se venden ni heredan plazas, hay mejores escuelas y maestros), luchan contra la pobreza (de ellos y su familia) con Prospera y becas; en Seguridad dicen bajar los delitos de “alto impacto”, la implementación del sistema de justicia penal, apenas en inicio; el combate anticorrupción (el sistema burocrático que todavía no se levanta ni anda, ni a ha capturado a nadie), la Economía Familiar, que destaca por bajar precios del servicio de teléfono, celulares e internet, y créditos a viviendas.
Y su programa innovador, el show en vivo con auditorio presente controlado, el presidente como conductor y estrella del programa de transmisión audiovisual masiva. Un reality show para un presidente imagen, pura pantalla, plano e ilusorio. Su encuentro con más de 300 jóvenes, seleccionados no se sabe cómo pero si para qué, sólo faltó que juntos cantaran un comercial refresquero, donde el presidente respondió como en entrevista coloquial, al tema de la visita de Trump –se lo dije cara a cara, de frente, uuuy–; el plagio de su tesis (“pude haber tenido un error metodológico –palabra memorizada–) y los gasolinazos (galimatías “no dije que no iba a subir la gasolina, sino que no lo haría mensualmente”), corrupción “el presidente no decide enjuiciar gobernadores, ellos son los responsables de sus actos”.
Un Presidente que no va al Congreso
El Presidente de la República en México no va al Poder Legislativo porque lo abuchean.
La evolución del rito del informe del Presidente de la República en la época contemporánea (del siglo XX para acá) pasa por el cambio de la relación entre poderes reflejada en el texto de la constitución política, en el formato y los espacios donde se rinde el informe.
No hubo problema mientras el Presidente de la República dominaba la escena y tuvo bajo su férula a todas las fuerzas políticas. En un primer momento o fase el acto formal se realiza en el Congreso con presencia directa y mensaje del Presidente de la República; condicionado por la obligación constitucional de acudir al inicio del periodo ordinario de sesiones a rendir un informe del estado de la Nación.
Es el tiempo del trato de semidiós al presidente, aclamado por las masas y la clase política; el presidencialismo clásico en la era del PRI, interrumpido con la irrupción de la oposición crítica al Congreso, cuando interpelaron a Miguel de la Madrid en 1988 en su Sexto Informe.
El rito del informe de “cuerpo presente” continuó en ese escenario unos años más; durante la etapa de pluralismo, a partir de 1997, en que el PRI dejó de controlar las dos cámaras, lo que obligó a negociar el informe con la oposición, modalidad que se extendió en la primera alternancia en el Poder Ejecutivo, la era del PAN; Fox todavía pudo acudir a rendir cinco informes, pero al sexto, en 2006 (en la lucha postelectoral), no lo soportaron, ya no entró al Congreso. A partir de entonces se rompió la relación entre poderes y la falta de consensos evitó que el Presidente acudiera al Congreso de la Unión a rendir su informe.
El siguiente presidente, Felipe Calderón, tampoco pudo rendir su primer informe en el Congreso en 2007. Por eso, en 2008, cambiaron la Constitución: se suprimió la obligación de acudir al congreso y leer el informe, para quedar como está, sólo mandar el documento; por otro lado, de manera práctica para mantener la figura y el rito, cambiaron el recinto y el formato. Idearon un simulacro y emulación, pero sin congreso representativo, los aliados en el poder se mudaron a celebrar un informe a los espacios controlados por el presidente, sin la oposición que revienta las ceremonias. Era una fiesta del presidente con sus invitados de la clase política y sectores de la sociedad. Así lo llevó la nueva tradición, hasta el año pasado.
Ahora emerge el nuevo manejo de imagen de Peña Nieto, el formato actual en que el presidente abandona todo contacto con la clase política para buscarse un auditorio e interlocutores más confortables que presuntamente le darían mejor rendimiento publicitario.
No se cree que pueda remontar la reprobación general por el mal desempeño económico, el aumento de la pobreza y la inseguridad con pura propaganda.