+Columna de Eduardo Coronel Chiu, escrita en Diario AZ, Xalapa y Veracruz
Zona Centro
Eduardo Coronel Chiu - 2016-07-06
El prolongado periodo de vacío entre la jornada electoral y la toma de los cargos públicos en el estado –previsto en la ley, guste o no, los elegidos deben esperar al momento de la toma de posesión–, esta ocasión de reemplazos en la Legislatura y en el Poder Ejecutivo, transcurre de manera más conflictiva y ríspida que en pasadas sucesiones.
Ahora son comunes las bravatas, obstrucciones y provocaciones mutuas, agresiones verbales y hasta golpes, en parte por la llamada alternancia de partido político, el PAN-PRD desplazará al PRI, pero sobre todo por la personalidad de los actores enfrentados (el gobernador saliente, Javier Duarte y el gobernador electo, Miguel Ángel Yunes), la situación política y las circunstancias.
En principio el periodo de espera es muy largo; tomando esta elección del 5 de junio, hoy a un mes conocemos los resultados, muy probablemente irreversibles, aunque se dirimen impugnaciones, los diputados electos asumirán el cargo hasta el 5 de noviembre, es decir, ¡dentro de 4 meses!, y el gobernador electo hasta el 1 de diciembre, todavía a casi 5 meses de distancia. Ni quien discuta que han sido electos, pero en tanto no rindan protesta, no son autoridades, carecen de atribuciones, no ejercen ningún poder público.
También la pertenencia a grupos políticos enemigos. En la lógica de las posiciones e intereses en una dinámica de alternación sujeta al calendario perentorio, el gobernador en funciones en su agotamiento y declive estira el ejercicio del poder, obviamente protege su salida, más aun cuando entregará el mando a un enemigo; deja candados para dificultarle el gobierno mientras que el que llegará, no es todavía, tiene urgencia por gobernar, pero aún no son sus tiempos; sigue atacando como si siguiera la campaña electoral, se frustra de la impotencia y se manifiesta rutinariamente enojado. Quisiera gobernar ya.
Pero cuenta la personalidad y sus trastornos. Todos los días desde hace un mes deambula con un templete y micrófono pretendiendo tener alguna autoridad como “gobernador electo”, montando el show monótono de las denuncias al gobierno de Duarte, las advertencias de que lo meterá a la cárcel y el llamamiento de intervención al Gobierno Federal para que detenga las medidas finales de Duarte. Como disco rayado.
La personalidad teatral y protagónica, claramente egocéntrica y megalómana del gobernador electo Miguel Ángel Yunes Linares, marca el tono pendenciero de la transición en curso, que no es principio de transmisión de poder, sino de prolongada espera. Una rápida comparación de sucesiones, en el contraste, la personalidad obsesiva, persecutoria y de venganza atávica, de Miguel Ángel Yunes, se repite.
Otras transiciones, igualmente largas
Hace seis años, Fidel Herrera Beltrán, aun con gobernador electo (Javier Duarte) seguía en su clásico estado de “plenitud del pinche poder”. No cedió a su sucesor ningún espacio en el lapso de espera; ni siquiera permitía participar en actos públicos que le quitaran los reflectores. Incluso en las fiestas patrias el entonces gobernador electo Javier Duarte fue a dar el grito de independencia ¡a Los Angeles, California!, en un mall con paisanos que llevó de aquí. En el periodo final, Fidel contrató deuda por 10 mil millones de pesos para la reconstrucción (de su rostro y patrimonio).
Cierto que Duarte era colaborador y subordinado de Fidel y que éste le había heredado la gubernatura. Pero Fidel tampoco tuvo espacio propio como gobernador electo. En 2004, gobernaba Miguel Alemán, quien tampoco le entregó el mando anticipado, al contrario Fidel vivió la incertidumbre de la impugnación electoral, creyendo lo entregarían y que iban a anular su elección, hasta especulaba con volverse a postular por el PRD. En los últimos meses de cierre, Miguel Alemán contrató créditos por 3 mil 500 millones de pesos, entonces un dineral.
En la sucesión de 1998, Miguel Alemán, por su parte, como tenía su esfera propia de negocios y su rol en el jet set, no se ocupó de presionar nada, simplemente aguardó su momento.
La previa sucesión de Yunes
Seis años antes, en la sucesión de Dante Delgado a Patricio Chirinos, en 1992, encontramos al lado de éste a Miguel Ángel Yunes Linares. Forzado a esperar, porque entonces era del PRI y el presidente Carlos Salinas guardaba consideración a Dante –por su relación política con Fernando Gutiérrez Barrios, que acaba de dejar de ser Secretario de Gobernación–, Yunes a su llegada al poder como secretario de gobierno inició la persecución de Dante Delgado y sus colaboradores. Dispuesto a desmantelar al grupo previo de poder en el estado, integró expedientes para ejercer acción penal por actos de supuesto enriquecimiento ilícito y daño patrimonial al estado. El contexto de poder –el presidente Salinas– frenó a Yunes y a Chirinos en su cacería al grupo de Dante y Gutiérrez Barrios en Veracruz. Retomó la persecución cuando Dante Delgado rompió con el presidente Zedillo, en 1996, lo encarcelan y procesan, junto con dos ex secretarios de despacho, aun sabiendo que la acción penal en contra de ellos ya había prescrito, en términos de la legislación de ese tiempo, como se sabe, Dante y sus secretarios obtuvieron su libertad por la protección de la justicia federal en juicio de amparo. Yunes Linares los encarceló como era su objetivo, aunque ilegalmente de acuerdo al Poder Judicial federal. No ha dejado de ser un hombre de odios y venganzas, por lo que se ve en su rutina como “gobernador electo”. Por fortuna, será gobernador de sólo dos años.