“Oí disparos; me encomendé a Dios”: testigo en la Madame de Xalapa
+Su mente le decía que entrarían a matarlos, pero también pensaba en la suerte que habían corrido sus amigos
Zona Centro
El Universal - 2016-05-23
Al escuchar los primeros disparos, se refugió en el guardarropa, se tiró al piso y lo único que hizo, como todos a su lado, “fue encomendarnos a nuestro Dios”.
Segundos antes, cuando iba a guardar su chamarra al guardarropa, vio entrar a tres sujetos con armas, pero jamás se imaginó lo que vendría, pensó más bien que se trataba de uno más de los operativos de seguridad policiacos.
Sus amigos habían ingresado al antro Madame, pero decidió regresar por sus pasos para dejar su chamarra y que no le estorbara para la esta.
“Ingresé hacia el área de los guardarropas y en ese momento en la puerta, a mis espaldas pasaron unos hombres con armas”, describe el joven, cliente frecuente del lugar.
“Y como a los cinco segundos que pasaron atrás de mí, escuché los primeros tres disparos”, cuenta con las emociones a or de piel. Los sicarios ingresaron por un pasillo, se ubicaron detrás de la barra y sin pronunciar palabra alguna hicieron una ensalada de sangre, aliñada con cristales rotos.
Por el terrible miedo que le generó escuchar los disparos, se metió al área del guardarropa, hasta donde fue a parar también el personal del centro de diversión frecuentado por la comunidad gay, peor también por heterosexuales.
“¡Agáchense agáchense, no hagan ruido!”, les dijeron a aquellos hombres y mujeres que yacían en el piso. “¡Cálmense!”, agregaba otra voz.
Seguían escuchándose los disparos y los gritos de personas en el interior del antro. “Yo estaba esperando el momento en que uno de ellos entrara y a todos nos repartiera un balazo...”, conesa horas después de lo ocurrido.
Su mente le decía que entrarían a matarlos, pero también pensaba en la suerte que habían corrido sus amigos. “Yo pensando Dios mío qué les habrá pasado y lo único que hice, como todos, encomendarme a nuestro Dios”.
En ese momento, le pareció que el tiroteo duró una eternidad, pero con la cabeza y el corazón frío dice que en realidad fueron unos diez o 20 segundos el tiempo que duró el ataque.
“¡Ya se fueron!”, escuchó que gritaron. Con el miedo atravesado, después de varios minutos, salió del guardarropa, escuchó un silencio sepulcral por el local vacío, pero sus ojos, lo primero que divisaron fueron dos cuerpos tirados, un charco de sangre...
“Una persona tenía los sesos de fuera, otra más manchada de sangre y en el antro ya no había nadie”, cuenta. Corrió hacia la calle, tomó un taxi y se alejó lo más lejos del lugar, lo más lejos de aquellas escenas.
Llamó telefónicamente a sus amigos, todos estaban vivos y sin lesiones, todos se tiraron al suelo al escuchar las detonaciones y se cuidaron entre ellos. “Agáchate”, le imploraba a uno; otro pedía calma.
“No creo que salga durante un buen tiempo con la misma seguridad que lo hice ayer...”, suelta y conesa que se siente raro, su cuerpo, su mete y su alma no han vuelto a ser los mismos, incluso cuando ve una patrulla de lejos siente miradas encima.
“Me siento como vigilado, pasa alguna patrulla y siento como una mirada encima... muy raro, no creo que salga durante un buen tiempo con la misma seguridad que lo hice ayer y es traumante pensar que pude haber sido uno de los heridos o de los que fallecieron...”.