COATZACOALCOS: Menores infractores: Capital humano del crimen
La desomposición social llegó a la niñes.
Zona Sur
- 2011-04-11
¿Quién ha olvidado la historia del “Ponchis”, que a sus escasos 11 años fue reclutado para ser uno de los brazos ejecutores del llamado Cartel del Pacífico Sur, antes entrenado por el Cartel del Golfo?
Estamos seguros que nadie y sabemos por qué. Simplemente porque el fenómeno de los niños sicarios, de entre 10 y 12 años, así como de adolescentes involucrados en el crimen organizado se ha incrementado exponencialmente en el país, igual que la lucha entre los carteles.
Cada vez se hacen más frecuentes las historias como la del “El Ponchis”, la “niña sicaria” de Tabasco y las bandas juveniles asesinas y secuestradoras como la de Las Choapas, y los asesinos de Acayucan del tesorero del transporte del Istmo -estos dos últimos, en el Sur de Veracruz.
Sí, la descomposición social de México llegó a la niñez. Esa que ha sido vulnerada como patrón ortodoxo de la dominación del crimen organizado hacia las naciones que padecen y sufren el problema de las drogas.
El reclutamiento de menores, para ser los brazos ejecutores de los cárteles de la droga, parten de una premisa fundamental: la falla de los planes y sistemas gubernamentales para abatir los rezagos sociales y de la descomposición familiar, resultado de las mismas.
Estas fallas se traducen en una carente y falaz educación, en la nula generación de empleo, de riquezas, en la escasa comunicación entre los tres niveles de gobierno y en la lucha estúpida entre los poderes políticos y de facto.
Mientras estas situaciones de impacto social y económicas continúan en crecimiento, seguirá existiendo este capital humano para la delincuencia organizada.
Las lagunas legales son el delito menor de los legisladores; esas que prohíben castigar a un menor de edad, aún cuando su delito haya sido un asesinato a sangre fría o un calculado y bien planeado secuestro. Ni qué decir del tráfico de drogas en sus pequeños y minúsculos cuerpos, a sabiendas de que serán atrapados “con las manos en la masa”, al fin que nadie les hace nada. Solo serán unos años en el tutelar y serán liberados para seguir en su incierta vida delictiva, en medio de una sociedad y unos gobiernos que no les dieron opciones “para vivir mejor”.
¿Pero quién desconfiaría de la niñez?
Al menos hay algunas personas que confiamos y mantenemos la esperanza en ellos; aquellos que han sido catalogados con la trillada frase de que son “el futuro de las naciones”.
Actualmente en México existen alrededor de 25 mil niños sicarios, reclutados principalmente de Puebla, Veracruz, Guerrero, Oaxaca y Chiapas -estados con la mayor población infantil según el INEGI- y por lo menos cien mil adictos -datos según la Comisión de Participación Ciudadana de la Cámara de Diputados-.
En tanto la “lucha antinarco” sigue, esa que es sólo un asunto de “mayores y adultos”. Mientras se sigue derramando sangre, el negocio de la droga gana terreno. Su mercado se extiende y posiciona fervientemente en cada rincón del país. Resultado: en los últimos años ha crecido en un 20 por ciento el consumo de drogas y el consumo de alcohol en cinco por ciento, según los cálculos de los órganos de gobierno.
Nuestros representantes populares -esos que elegimos a través del voto- no han calculado, que mientras las fuerzas nacionales se baten y desgastan en las calles del país contra del mal, la delincuencia organizada trabaja en la nueva estrategia: la creación de nuevos criminales.
Las nuevas mentes maestras así se construyen desde abajo, desde la niñez; sólo que ahora se han criado para el mal, para el perjuicio de toda una sociedad y disfrute de algunos pocos: los narcotraficantes.
Sí, el crimen organizado ha dado con la clave que por años el poder gubernamental mexicano no ha querido voltear a ver y mantiene la regla: “los niños si son el futuro de México”, sólo que este planteamiento es para contaminar a una sociedad que ya de por si está marcada para morir en medio de los problemas sociales.
Nadie ha mirado hacia la raíz del árbol que esta creciendo frondoso, cuya sombra cubre cada vez más terreno y prado mexicano.
Cortar las ramas no será suficiente.
Detrás de estas ramas está el verdadero capital humano en crecimiento: aquellos que a la edad de los 18 años habrán perdido la oportunidad de haber vivido su niñez y se habrán convertido en “hombres del crimen”, para posteriormente, formar sus propios cárteles del terror.
El narcotráfico ha traído consigo una diversidad de delitos victimizando a la infancia. Primero introdujeron a los niños al mundo del capitalismo humano vendiéndolos al mejor postor como objetos de deseo y depravación. La pornografía infantil y el abuso erótico sexual, fue por años, el principal delito cometido en contra de los menores. Ahora no sólo les bastó incluirlos como mercancías sino como mercenarios. La primera embestida es igual de despreciable que la segunda. En ambas, los niños son y seguirán siendo las víctimas, resultado de la incapacidad de gobernar, ejercer el poder y de ser gobernados.
La guerra está perdida, y no nada más por las 34 mil muertes relacionadas con el narcotráfico, sino porque la delincuencia organizada se está robado a la niñez y construyendo un futuro: su futuro, ese en el que sólo ellos tendrán “porvenir”. La niñez está pérdida porque todos hemos abonado a esto.
Sigamos cortando las ramas, mientras las raíces siguen creciendo y fortaleciéndose más en el territorio, ese que se está cobijando en una oscura sombra de la realidad en la que hoy vivimos.